Ladren lo que ladren los demás. De aquel gol de Götze, al debut con Islandia: el viaje de un seleccionado que pasó por tres entrenadores, una AFA intervenida, la renuncia del capitán y el endeble análisis de algunos comunicadores que ahora le piden la Copa a Messi.

Para Argentina solamente vale ganar

Nahuel Gala @NahueGala

28 DE MARZO DE 2018

Siete minutos del segundo tiempo suplementario en el Estadio Maracaná, Río de Janeiro. Desborda André Schürrle. Centro. Gol de Götze. Argentina volvía a perder una final del mundo ante Alemania. La primera, en México 1986, la ganó 3 a 2, en la de Italia 1990 cayó 1 a 0 y, en esta última ocasión –con Brasil 2014 como epicentro–, repetiría resultado. Copa América Chile 2015 y Centenario 2016 en Estados Unidos: nuevamente, la derrota estuvo presente. Dos caídas por penales ante la selección chilena golpearían a un plantel que no pudo alzar un trofeo en tres instancias internacionales decisivas consecutivas.
Una parte importante del periodismo hizo hincapié en su análisis desde altos niveles de exitismo. Al comunicar opiniones, rumores, imponer condiciones, suponer obligaciones, se reflejan matices que hacen parecer que lo único que sirve en este juego es la victoria. Ángel Cappa, entrenador argentino, expresó en un debate para el diario El País de España en 2015 el porqué de esta postura erróneamente naturalizada en los medios de mayor circulación: “El capitalismo en el deporte logró que ganar no sea lo más importante sino lo único importante. Uno ya no encuentra esa diferencia entre ganar o perder, entre el éxito y el fracaso, porque solamente vale ganar”. ¿El juego, el funcionamiento, la estrategia, no importa? ¿Qué lugar ocupa?
“El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes de la vida”, dice Jorge Valdano. Un reflejo de que hay otras prioridades en la cotidianeidad de cualquiera. ¿La derrota nos hace fracasados? Es más, ¿qué tipo de derrota nos hará fracasados, si se tiene en cuenta el camino repleto de turbulencias por el que atravesó este plantel en los últimos cuatro años? “Los jugadores que no juegan bien las finales no son jugadores de selección. Messi juega mal las finales con Argentina”.
Un año después, con el mismo resultado en la tercera final al hilo, se tituló: “Un fracaso más. La selección tocó fondo”. Los memes contra Higuaín dispararon sin piedad. El delantero de la Juventus de Italia erró goles determinantes en instancias cruciales y la sociedad futbolera, que está destinada a buscar el éxito y que responde a la lógica del mensaje dominante de los medios masivos, no tuvo reparo en saber cómo se sentiría él ni ninguno de los demás futbolistas que integraron los equipos que llegaron a ese último partido con la celeste y blanca. “Veo a Lionel Messi y veo a un chico que es el mejor del mundo y el peor de Argentina”.
Messi, estandarte invaluable de este grupo, no soportó más la presión y la exposición mediática que busca culpables ante las caídas consecutivas del equipo y se retiró, momentáneamente, del plantel: “Es increíble pero no se me da. Se terminó para mí la selección”. Al poco tiempo se dio cuenta de que lo había dicho en caliente, sin pensarlo dos o tres veces, y regresó. “La gente se cree que por tener a Messi ya lo tenemos que ganar todo. No nos equivoquemos, Argentina sin él es un equipo normal. Así que a Messi hay que cuidarlo, no criticarlo. Que lo cuiden porque, sino, no iremos al próximo Mundial”, había expresado César Luis Menotti. Una profecía que por poco se cumple.
“En la segunda final ante Chile, por ejemplo, Messi le hizo mal a la selección argentina. No jugó, ocupó el lugar que pudo haber ocupado un cono naranja. Messi le hace daño a Argentina”.
Sin embargo, en el cierre de aquel año, la gota que rebalsó el vaso: Brasil vapulearía al plantel albiceleste por 3 a 0 en Belo Horizonte en las Eliminatorias rumbo a Rusia 2018 y las críticas, las búsquedas de sentencias, los rasgos que debilitan a los futbolistas por parte de los medios de comunicación, determinaron que ellos no quieran hablar más por esa vía. "Preferimos dar la cara antes de mandar un comunicado. Estamos acá para decirles que hemos tomado la decisión de no hablar más con la prensa. Recibimos muchas acusaciones, muchas faltas de respeto y nunca dijimos nada".
Seis entrenadores en una década. Gerardo Martino y Edgardo Bauza duraron, entre los dos, tres años al mando del conjunto nacional. Fueron los primeros en caer cuando las papas quemaban. Mejor dicho, cuando el periodismo apuntaba que todo iba mal y que el seleccionado no iba a poder clasificar al próximo Campeonato Mundial por la elección de los que conformaban el equipo. Messi y sus amistades, Messi y su club de amigos. La culpa la tenían ellos, los que el capitán pedía que sean integrados. Como si esos supuestos amigos no entendieran el juego o no tuvieran experiencia alguna: Sergio Agüero, máximo goleador de la historia del Manchester City y tercero en la historia de la celeste y blanca. Javier Mascherano, jugador con más presencias en la selección argentina. Lucas Biglia, símbolo del Anderletch belga y de la Lazio italiana, ahora en AC Milan. Ángel Di María, multicampeón de España y Europa con el Real Madrid y ahora en París Saint-Germain. Gonzalo Higuaín, el sexto máximo goleador de la historia de la albiceleste y actual bicampeón de la Serie A con Juventus.
“Este equipo está lleno de fracasados. Bauza, ¡me hacés perder guita si no vas al Mundial, quiero que vayas al Mundial! Si Argentina no va al Mundial, no nos contrata ningún canal, ninguna radio, no escribimos para nadie ni cobramos viático y perdemos plata. Vivimos de eso nosotros”.
El Patón fue despedido e indemnizado por la AFA que conduce Claudio Tapia. Jorge Sampaoli sería el encargado de asumir la responsabilidad del mandato del equipo e intentar evitar el repechaje y obtener un boleto directo a Rusia. Debutó contra Uruguay como visitante y prosiguió con Venezuela –última en la tabla sudamericana– de local en el Estadio Monumental, en Buenos Aires. Ambos partidos con empates. La clasificación pendía de un hilo y el repechaje también se alejaba. La selección estaba afuera del Mundial. “Tengan un poco de vergüenza, pechos fríos. Por lo menos pidan perdón, perdón y perdón porque no le ganamos a Venezuela. Son unos mamarrachos, así no vamos a la Copa del Mundo. Salvo Otamendi, Mascherano y las ganas que le puso Messi, muy mal Argentina. El técnico se sigue equivocando en casi todo lo que él piensa que puede darse en la cancha”.
-“En Barcelona la agarra en la casa y la manda al fondo. ¿Por qué acá no? ¡Le pesa la camiseta! Sin ganas, sin potencia, sin dirección”.
-“El que no ve que Messi está dos puntos por debajo de lo que es Messi, no sabe de fútbol, no ve fútbol y está borracho”.
-“Todos son rehenes de tener que pasarle la pelota al nene chiquito que, si no la tiene, se pone mal. Y que cuando no la tiene tampoco te salva”.
-“Esos goles importantes que hace en España estaría bueno que los haga acá. Para ir y hacer eso no vayas”.
Se sufrió, sí. Pero el pasaje se logró. Messi y compañía brillaron en Quito y le dieron al fútbol argentino la satisfacción de poder ver un Mundial de fútbol siendo parte de la competencia. Muchos se pusieron el buzo del entrenador y los botines de los futbolistas como si fuera sencillo. “¡Y no me importa lo que digan esos p*tos periodistas, la p*ta que los parió! ¡Hay que alentar a la selección!”. El exitismo es inevitable a estas alturas y el debut en la cita mundialista frente a Islandia tendrá los condimentos de ir en contra de los memes, las cargadas, las acusaciones, los insultos, las faltas de respeto, las descalificaciones y las inventadas obligaciones: “El seleccionado debe llegar a la final y ser campeón”. ¿Por qué deben llevar esa mochila en la espalda? ¿Por qué la prensa tiene que salir a decir que el objetivo es ganar y que lo único que importa es llegar al último encuentro y conseguir el trofeo? Si bien ganó en dos oportunidades, ¿por qué se genera una obligación que tienen que cargar los 23 de Sampaoli?
En el medio de la preparación y los amistosos que disputó la albiceleste, llegó la caída 6 a 1 con España en el Estadio Wanda Metropolitano de Madrid. “Sampaoli es un 4 de copa con culo y salió campeón con Chile por Bielsa. Si él quisiera podrá dejar de vender humo”. Indudablemente los ibéricos demostraron un despliegue futbolístico fascinante y el resultado era cada vez más irreversible. Argentina abrirá el Grupo D del Campeonato del Mundo del 2018 el sábado 16 de junio, a las 10 de la mañana, frente a Islandia en el Spartak Stadium de Moscú. Parece ser que las prioridades son otras: solo vale el resultado, perder es de fracasados y ganar es una obligación. Este equipo entró por la ventana y buscará salir por la puerta grande. Se vivió mucha incertidumbre desde aquel gol de Götze, una votación de 75 integrantes de la AFA que culminó increíblemente empatada 38 a 38, dos finales continentales perdidas por la pena máxima y la escapatoria del repechaje en la última fecha de las Eliminatorias.
Depender de Lionel Messi no es una necesidad sino un instinto futbolístico. Tener con la 10 en la espalda y la cinta de capitán a un jugador de su talla dentro de los 11 titulares no es para cualquiera y no les ocurre a todos los seleccionados del mundo. Pensar que Messi será capaz de guiar a este plantel a la gloria en solitario es un error. Encontrar los socios ideales para que el funcionamiento se concrete es una virtud. Giovani Lo Celso, Cristian Pavón y Maximiliano Meza, caras nuevas, propuestas nuevas. Argentina está asociada a la crítica por perder tres finales consecutivas, pero quienes malgastan su tiempo en encontrar esas falencias no ponen en cuestión el hecho de que hubo tres entrenadores diferentes en el lapso de dos años y medio y que, estratégicamente hablando, no es fácil volcar un pensamiento táctico en tan poco tiempo. El juego es lo más importante, pero armar un proyecto y respetarlo lo es aún más. El enfocarse solo en imaginar que Messi sea el artífice de un milagro deportivo es un paradigma que se liga a lo extraordinario.

Siete minutos del segundo tiempo suplementario en el Estadio Maracaná, Río de Janeiro. Desborda André Schürrle. Centro. Gol de Götze. Argentina volvía a perder una final del mundo ante Alemania. La primera, en México 1986, la ganó 3 a 2, en la de Italia 1990 cayó 1 a 0 y, en esta última ocasión –con Brasil 2014 como epicentro–, repetiría resultado. Copa América Chile 2015 y Centenario 2016 en Estados Unidos: nuevamente, la derrota estuvo presente. Dos caídas por penales ante la selección chilena golpearían a un plantel que no pudo alzar un trofeo en tres instancias internacionales decisivas consecutivas.

Una parte importante del periodismo hizo hincapié en su análisis desde altos niveles de exitismo. Al comunicar opiniones, rumores, imponer condiciones, suponer obligaciones, se reflejan matices que hacen parecer que lo único que sirve en este juego es la victoria. Ángel Cappa, entrenador argentino, expresó en un debate para el diario El País de España en 2015 el porqué de esta postura erróneamente naturalizada en los medios de mayor circulación: “El capitalismo en el deporte logró que ganar no sea lo más importante sino lo único importante. Uno ya no encuentra esa diferencia entre ganar o perder, entre el éxito y el fracaso, porque solamente vale ganar”. ¿El juego, el funcionamiento, la estrategia, no importa? ¿Qué lugar ocupa?

“El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes de la vida”, dice Jorge Valdano. Un reflejo de que hay otras prioridades en la cotidianeidad de cualquiera. ¿La derrota nos hace fracasados? Es más, ¿qué tipo de derrota nos hará fracasados, si se tiene en cuenta el camino repleto de turbulencias por el que atravesó este plantel en los últimos cuatro años? “Los jugadores que no juegan bien las finales no son jugadores de selección. Messi juega mal las finales con Argentina”.

Un año después, con el mismo resultado en la tercera final al hilo, se tituló: “Un fracaso más. La selección tocó fondo”. Los memes contra Higuaín dispararon sin piedad. El delantero de la Juventus de Italia erró goles determinantes en instancias cruciales y la sociedad futbolera, que está destinada a buscar el éxito y que responde a la lógica del mensaje dominante de los medios masivos, no tuvo reparo en saber cómo se sentiría él ni ninguno de los demás futbolistas que integraron los equipos que llegaron a ese último partido con la celeste y blanca. “Veo a Lionel Messi y veo a un chico que es el mejor del mundo y el peor de Argentina”.

Messi, estandarte invaluable de este grupo, no soportó más la presión y la exposición mediática que busca culpables ante las caídas consecutivas del equipo y se retiró, momentáneamente, del plantel: “Es increíble pero no se me da. Se terminó para mí la selección”. Al poco tiempo se dio cuenta de que lo había dicho en caliente, sin pensarlo dos o tres veces, y regresó. “La gente se cree que por tener a Messi ya lo tenemos que ganar todo. No nos equivoquemos, Argentina sin él es un equipo normal. Así que a Messi hay que cuidarlo, no criticarlo. Que lo cuiden porque, sino, no iremos al próximo Mundial”, había expresado César Luis Menotti. Una profecía que por poco se cumple.

“En la segunda final ante Chile, por ejemplo, Messi le hizo mal a la selección argentina. No jugó, ocupó el lugar que pudo haber ocupado un cono naranja. Messi le hace daño a Argentina”.

Sin embargo, en el cierre de aquel año, la gota que rebalsó el vaso: Brasil vapulearía al plantel albiceleste por 3 a 0 en Belo Horizonte en las Eliminatorias rumbo a Rusia 2018 y las críticas, las búsquedas de sentencias, los rasgos que debilitan a los futbolistas por parte de los medios de comunicación, determinaron que ellos no quieran hablar más por esa vía. "Preferimos dar la cara antes de mandar un comunicado. Estamos acá para decirles que hemos tomado la decisión de no hablar más con la prensa. Recibimos muchas acusaciones, muchas faltas de respeto y nunca dijimos nada".

Seis entrenadores en una década. Gerardo Martino y Edgardo Bauza duraron, entre los dos, tres años al mando del conjunto nacional. Fueron los primeros en caer cuando las papas quemaban. Mejor dicho, cuando el periodismo apuntaba que todo iba mal y que el seleccionado no iba a poder clasificar al próximo Campeonato Mundial por la elección de los que conformaban el equipo. Messi y sus amistades, Messi y su club de amigos. La culpa la tenían ellos, los que el capitán pedía que sean integrados. Como si esos supuestos amigos no entendieran el juego o no tuvieran experiencia alguna: Sergio Agüero, máximo goleador de la historia del Manchester City y tercero en la historia de la celeste y blanca. Javier Mascherano, jugador con más presencias en la selección argentina. Lucas Biglia, símbolo del Anderletch belga y de la Lazio italiana, ahora en AC Milan. Ángel Di María, multicampeón de España y Europa con el Real Madrid y ahora en París Saint-Germain. Gonzalo Higuaín, el sexto máximo goleador de la historia de la albiceleste y actual bicampeón de la Serie A con Juventus.

“Este equipo está lleno de fracasados. Bauza, ¡me hacés perder guita si no vas al Mundial, quiero que vayas al Mundial! Si Argentina no va al Mundial, no nos contrata ningún canal, ninguna radio, no escribimos para nadie ni cobramos viático y perdemos plata. Vivimos de eso nosotros”.

El Patón fue despedido e indemnizado por la AFA que conduce Claudio Tapia. Jorge Sampaoli sería el encargado de asumir la responsabilidad del mandato del equipo e intentar evitar el repechaje y obtener un boleto directo a Rusia. Debutó contra Uruguay como visitante y prosiguió con Venezuela –última en la tabla sudamericana– de local en el Estadio Monumental, en Buenos Aires. Ambos partidos con empates. La clasificación pendía de un hilo y el repechaje también se alejaba. La selección estaba afuera del Mundial. “Tengan un poco de vergüenza, pechos fríos. Por lo menos pidan perdón, perdón y perdón porque no le ganamos a Venezuela. Son unos mamarrachos, así no vamos a la Copa del Mundo. Salvo Otamendi, Mascherano y las ganas que le puso Messi, muy mal Argentina. El técnico se sigue equivocando en casi todo lo que él piensa que puede darse en la cancha”.

-“En Barcelona la agarra en la casa y la manda al fondo. ¿Por qué acá no? ¡Le pesa la camiseta! Sin ganas, sin potencia, sin dirección”.

-“El que no ve que Messi está dos puntos por debajo de lo que es Messi, no sabe de fútbol, no ve fútbol y está borracho”.

-“Todos son rehenes de tener que pasarle la pelota al nene chiquito que, si no la tiene, se pone mal. Y que cuando no la tiene tampoco te salva”.

-“Esos goles importantes que hace en España estaría bueno que los haga acá. Para ir y hacer eso no vayas”.

Se sufrió, sí. Pero el pasaje se logró. Messi y compañía brillaron en Quito y le dieron al fútbol argentino la satisfacción de poder ver un Mundial de fútbol siendo parte de la competencia. Muchos se pusieron el buzo del entrenador y los botines de los futbolistas como si fuera sencillo. “¡Y no me importa lo que digan esos p*tos periodistas, la p*ta que los parió! ¡Hay que alentar a la selección!”. El exitismo es inevitable a estas alturas y el debut en la cita mundialista frente a Islandia tendrá los condimentos de ir en contra de los memes, las cargadas, las acusaciones, los insultos, las faltas de respeto, las descalificaciones y las inventadas obligaciones: “El seleccionado debe llegar a la final y ser campeón”. ¿Por qué deben llevar esa mochila en la espalda? ¿Por qué la prensa tiene que salir a decir que el objetivo es ganar y que lo único que importa es llegar al último encuentro y conseguir el trofeo? Si bien ganó en dos oportunidades, ¿por qué se genera una obligación que tienen que cargar los 23 de Sampaoli?

En el medio de la preparación y los amistosos que disputó la albiceleste, llegó la caída 6 a 1 con España en el Estadio Wanda Metropolitano de Madrid. “Sampaoli es un 4 de copa con culo y salió campeón con Chile por Bielsa. Si él quisiera podrá dejar de vender humo”. Indudablemente los ibéricos demostraron un despliegue futbolístico fascinante y el resultado era cada vez más irreversible. Argentina abrirá el Grupo D del Campeonato del Mundo del 2018 el sábado 16 de junio, a las 10 de la mañana, frente a Islandia en el Spartak Stadium de Moscú. Parece ser que las prioridades son otras: solo vale el resultado, perder es de fracasados y ganar es una obligación. Este equipo entró por la ventana y buscará salir por la puerta grande. Se vivió mucha incertidumbre desde aquel gol de Götze, una votación de 75 integrantes de la AFA que culminó increíblemente empatada 38 a 38, dos finales continentales perdidas por la pena máxima y la escapatoria del repechaje en la última fecha de las Eliminatorias.

Depender de Lionel Messi no es una necesidad sino un instinto futbolístico. Tener con la 10 en la espalda y la cinta de capitán a un jugador de su talla dentro de los 11 titulares no es para cualquiera y no les ocurre a todos los seleccionados del mundo. Pensar que Messi será capaz de guiar a este plantel a la gloria en solitario es un error. Encontrar los socios ideales para que el funcionamiento se concrete es una virtud. Giovani Lo Celso, Cristian Pavón y Maximiliano Meza, caras nuevas, propuestas nuevas. Argentina está asociada a la crítica por perder tres finales consecutivas, pero quienes malgastan su tiempo en encontrar esas falencias no ponen en cuestión el hecho de que hubo tres entrenadores diferentes en el lapso de dos años y medio y que, estratégicamente hablando, no es fácil volcar un pensamiento táctico en tan poco tiempo. El juego es lo más importante, pero armar un proyecto y respetarlo lo es aún más. El enfocarse solo en imaginar que Messi sea el artífice de un milagro deportivo es un paradigma que se liga a lo extraordinario.