Ezequiel Fernández Moores presentó su libro "Juego, luego existo", en el microcine de Tea&Deportea, con la presencia de Víctor Hugo Morales, Alejandro Wall, Jorge Búsico y Daniel Arcucci.

Una velada de periodismo

Iván Lorenz y Joaquín Grasso

28 DE MARZO DE 2018

“¿Por qué no sos periodista?”, le sugirió Javier Marcó a Ezequiel Fernández Moores en una playa de Pinamar, una tarde en que las olas de indecisión de fin de secundaria azotaban la orilla de aquellos amigos de colegio. Lejos de calmarse, el oleaje recrudeció; y el entonces melenudo se subió al barco y navegó por las aguas turbulentas del periodismo en tiempos de dictadura, donde el lápiz y el papel quemaban y en ocasiones se mancharon con sangre. Esas mismas corrientes lo llevaron, en una noche de jueves, a anclar sus más de cuarenta años de profesión en un sillón verde musgo del microcine de la escuela de periodismo Tea&Deportea para presentar su último libro: Juego, luego existo.
“Nunca habíamos tenido un marco así”, expresó Jorge Búsico, director de la institución y amigo del barrio de Ezequiel desde hace más de 50 años. La sala, colmada. En las primeras filas, familiares y amigos, como el sociólogo Pablo Alabarces. Estudiantes de periodismo ocuparon otro puñado de hileras, así como los admiradores del periodista. Parado, sostenido por una columna, yacía el cronista y compañero Andrés Burgo. Más atrás, casi llegando a la puerta, un hombre, Ariel Scher, rascaba su barba. Y todavía más al fondo, como los nenes que no llegan a ver por su baja estatura, otro grupo de personas intentaban contemplar la escena en puntas de pie.
Sin embargo, todo este clima festivo no hubiese sucedido de no ser por la mano de Alejandro Wall, colega, amigo y el encargado de que el rompecabezas Juego, luego existo pasase de ser una idea a un compilado de 331 páginas en papel de la editorial Sudamericana. “Recuerdo cuando Ezequiel me dio para editar el material de dos millones y medio de caracteres. Lo traté de achicar, negociamos novecientos mil, pero de ninguna manera aceptó”, relató Wall. Y sentenció: “Si algo nos da Ezequiel con sus casi mil notas, es que sin dudas es de esos que honra este oficio golpeado, bastardeado. Algunos dicen que murió, pero está vivo en estos libros. Lo honra como periodista, persona y compañero”.
El pasillo, minado de gente que no quería quedarse afuera, se despejó por completo cuando se oyó la tan esperada frase: “Llegó Victor Hugo”. Wall se levantó de su asiento y se lo cedió al uruguayo, que, bajo una lluvia de aplausos, se fundió en un abrazo con Fernández Moores. Con su parsimoniosa voz, reubicó la mirada de la audiencia: “Él, junto a cuatro o cinco periodistas escritos, son una especie de bandera. Son los que más admiramos, que más seguimos, que más buscamos sus notas, porque cada una refleja un gran ejercicio de libertad. Y un periodista libre genera siempre un particular respeto”. La fiesta se tornó sombría cuando expresó: “Por sus notas osadas, más de una vez pensé en si seguiríamos leyendo a Ezequiel como cada semana. Eso, por suerte, sucedió siempre. Por suerte, incluso, para el diario. Y, por suerte, para los lectores”.
Halagos y más halagos pusieron a Fernández Moores tan rojo como el marco de sus anteojos, porque, como explicó Daniel Arcucci, su amigo y editor en La Nación hasta el 2007, “esas cosas no le gustan nada”. Como también detesta que su foto y nombre bien grande aparezcan en sus columnas. Aunque quizás se lo merece, ya que “por culpa de Ezequiel se ampliaron las contratapas del diario”, contó entre risas. Los celulares del público grabaron sus palabras, al igual que el propio Arcucci y Wall, como si fuese una nueva edición de Casa Taganskaya. Y su camarada, reflexivo, expresó: “No se lleva bien con la tecnología, pero no es un negado. Una vez me dijo que había que tener un velo en las redes, un poquito de misterio. Pero resulta fascinante, porque es ese mismo velo que él te corre con sus notas”.
Mientras sus compañeros y amigos lo presentaban, Ezequiel Fernández Moores tomaba nota en un papel. Cuando sus elogiadores se quedaron sin palabras, la audiencia lo acribilló con miradas expectantes, preguntándose: “Y ahora, ¿qué nos vas a contar?”. “Tenía muchas dudas de hacer este libro”, confesó el autor. Y agregó: “Me costaba meterme en mis propios artículos. Esta cosa autocelebratoria, de mirarnos a nosotros mismos, me produjo ciertas dudas y distancia”. Agradeció una por una a todas las personas que hicieron tangible el proyecto; a Marijó, su esposa, quien asintió en voz alta cuando Arcucci leyó en el prólogo del periodista español Santiago Segurola, lo que definió como la mejor descripción de Ezequiel: “Su interés por los datos es tan relevante como su interés por la demagogia”. Recordó también a sus hijos, que toleraron 40 años de domingos sin padre; y a todos los amigos y presentes en la sala: “Que ustedes estén aquí, es un eterno agradecimiento. Esencialmente, lo que hoy quiero es agradecer”, declaró entre lágrimas. Y concluyó, citando a Leonard Cohen: “Les agradezco a todos, porque me dieron el coraje para fracasar”.

“¿Por qué no sos periodista?”, le sugirió Javier Marcó a Ezequiel Fernández Moores en una playa de Pinamar, una tarde en que las olas de indecisión de fin de secundaria azotaban la orilla de aquellos amigos de colegio. Lejos de calmarse, el oleaje recrudeció; y el entonces melenudo se subió al barco y navegó por las aguas turbulentas del periodismo en tiempos de dictadura, donde el lápiz y el papel quemaban y en ocasiones se mancharon con sangre. Esas mismas corrientes lo llevaron, en una noche de jueves, a anclar sus más de cuarenta años de profesión en un sillón verde musgo del microcine de la escuela de periodismo Tea&Deportea para presentar su último libro: Juego, luego existo.

“Nunca habíamos tenido un marco así”, expresó Jorge Búsico, director de la institución y amigo del barrio de Ezequiel desde hace más de 50 años. La sala, colmada. En las primeras filas, familiares y amigos, como el sociólogo Pablo Alabarces. Estudiantes de periodismo ocuparon otro puñado de hileras, así como los admiradores del periodista. Parado, sostenido por una columna, yacía el cronista y compañero Andrés Burgo. Más atrás, casi llegando a la puerta, un hombre, Ariel Scher, rascaba su barba. Y todavía más al fondo, como los nenes que no llegan a ver por su baja estatura, otro grupo de personas intentaban contemplar la escena en puntas de pie.

Sin embargo, todo este clima festivo no hubiese sucedido de no ser por la mano de Alejandro Wall, colega, amigo y el encargado de que el rompecabezas Juego, luego existo pasase de ser una idea a un compilado de 331 páginas en papel de la editorial Sudamericana. “Recuerdo cuando Ezequiel me dio para editar el material de dos millones y medio de caracteres. Lo traté de achicar, negociamos novecientos mil, pero de ninguna manera aceptó”, relató Wall. Y sentenció: “Si algo nos da Ezequiel con sus casi mil notas, es que sin dudas es de esos que honra este oficio golpeado, bastardeado. Algunos dicen que murió, pero está vivo en estos libros. Lo honra como periodista, persona y compañero”.

El pasillo, minado de gente que no quería quedarse afuera, se despejó por completo cuando se oyó la tan esperada frase: “Llegó Victor Hugo”. Wall se levantó de su asiento y se lo cedió al uruguayo, que, bajo una lluvia de aplausos, se fundió en un abrazo con Fernández Moores. Con su parsimoniosa voz, reubicó la mirada de la audiencia: “Él, junto a cuatro o cinco periodistas escritos, son una especie de bandera. Son los que más admiramos, que más seguimos, que más buscamos sus notas, porque cada una refleja un gran ejercicio de libertad. Y un periodista libre genera siempre un particular respeto”. La fiesta se tornó sombría cuando expresó: “Por sus notas osadas, más de una vez pensé en si seguiríamos leyendo a Ezequiel como cada semana. Eso, por suerte, sucedió siempre. Por suerte, incluso, para el diario. Y, por suerte, para los lectores”.

Halagos y más halagos pusieron a Fernández Moores tan rojo como el marco de sus anteojos, porque, como explicó Daniel Arcucci, su amigo y editor en La Nación hasta el 2007, “esas cosas no le gustan nada”. Como también detesta que su foto y nombre bien grande aparezcan en sus columnas. Aunque quizás se lo merece, ya que “por culpa de Ezequiel se ampliaron las contratapas del diario”, contó entre risas. Los celulares del público grabaron sus palabras, al igual que el propio Arcucci y Wall, como si fuese una nueva edición de Casa Taganskaya. Y su camarada, reflexivo, expresó: “No se lleva bien con la tecnología, pero no es un negado. Una vez me dijo que había que tener un velo en las redes, un poquito de misterio. Pero resulta fascinante, porque es ese mismo velo que él te corre con sus notas”.

Mientras sus compañeros y amigos lo presentaban, Ezequiel Fernández Moores tomaba nota en un papel. Cuando sus elogiadores se quedaron sin palabras, la audiencia lo acribilló con miradas expectantes, preguntándose: “Y ahora, ¿qué nos vas a contar?”. “Tenía muchas dudas de hacer este libro”, confesó el autor. Y agregó: “Me costaba meterme en mis propios artículos. Esta cosa autocelebratoria, de mirarnos a nosotros mismos, me produjo ciertas dudas y distancia”. Agradeció una por una a todas las personas que hicieron tangible el proyecto; a Marijó, su esposa, quien asintió en voz alta cuando Arcucci leyó en el prólogo del periodista español Santiago Segurola, lo que definió como la mejor descripción de Ezequiel: “Su interés por los datos es tan relevante como su interés por la demagogia”. Recordó también a sus hijos, que toleraron 40 años de domingos sin padre; y a todos los amigos y presentes en la sala: “Que ustedes estén aquí, es un eterno agradecimiento. Esencialmente, lo que hoy quiero es agradecer”, declaró entre lágrimas. Y concluyó, citando a Leonard Cohen: “Les agradezco a todos, porque me dieron el coraje para fracasar”.