El capitán argentino al igual que los antiguos griegos es preso de su destino aquel que todavía no se sabe como terminará.  

La odisea de Messi

Nicolás Bruno (@NicoJBruno)

28 DE MARZO DE 2018

La antigua Grecia fue cimiento de muchas corrientes filosóficas, fue una época dorada en la antigüedad. Sin embargo, también nos dio las bases del deporte y el entretenimiento, como los Juegos Olímpicos y el teatro. Ambas cosas parece que no tienen vinculación en el siglo XXI, pero fue tanta su influencia que el paralelismo aparece diariamente.

La tragedia griega es un género teatral originado en aquella época y que tuvo su auge en Atenas durante el siglo V a.C. El argumento que presenta es la caída de un personaje importante, llamado héroe, que generalmente sufre un casitgo divino. Está claro que ni Sófocles ni Eurípides escribieron las páginas del destino de la selección argentina, pero ¿qué otra explicación se le encuentra a la caída de nuestro héroe sino la voluntad de alguien desde arriba?

La vida trágica de Lionel Messi fue recreada por varios protagonistas, sin embargo el autor fue siempre el mismo: la Selección. Porque la otra vida de Messi, la que vive en un país que lo valora, parece que termina con un final feliz, como corresponde. Homero, autor de la Odisea, tuvo el objetivo de recrear la vida de Ulises. Sin embargo, tras la Guerra de Troya, fueron sólo obstáculos los que se le presentaron al rey de Ítaca para volver a su pueblo.

La odisea de Messi en la Selección empezó con amor propio, digno de una fábula. España estaba dispuesto hasta a invertir económicamente con tal de contar son su nacionalización, pero su corazón vestía de celeste y blanco. Todo nació con un partido amistoso en 2004, en el Diego Armando Maradona, vaya casualidad, y continuó con el debut en la mayor en 2005. El primer castigo vendría en 2006, en Berlín y frente al verdugo de siempre, aunque con un héroe joven y de papel secundario. Según Gary Lineker, el fútbol es un deporte de once contra once, en el que siempre ganan los alemanes. Puede que tenga razón, puede que los dioses hayan tenido otra voluntad con los germanos.

Messi le debía a Argentina porque así él decidía sentirlo, desde un principio y a pesar de su juventud. Una Copa América en Venezuela, con un conjunto argentino liderado por Riquelme, otro héroe castigado con la tragedia del género, derivó en una final frente a los preferidos de los dioses. Brasil, cuyo destino está más para una película romántica que para una tragedia griega, nos derrotó 3-0. Pero Leo debía continuar su camino, porque su felicidad no sería volver a su pueblo como Ulises, sino llegarles al corazón a todos los argentinos, algo que todavía no había logrado y, lamentablemente y por culpa del más absurdo resultadismo, sigue teniendo pendiente.

Parecía que el destino del héroe sería una de las excepciones, que los dioses por un momento se apiadaron del rosarino y enviaron a su representante entre los mortales a que lo dirija técnicamente en las Eliminatorias para el Mundial de Sudáfrica. Era lógico que el camino iba a costar, sin embargo las esperanzas eran enormes cuando la imagen de Maradona se veía en el banco de suplentes. Pero no, era un simple juego divino cuya única voluntad era honrar la palabra de Lineker: Alemania 4-0 Argentina. Messi terminó el Mundial sin goles.

El regreso a ítaca era cada vez más complejo tras la maldición de Poseidón, sin embargo la revancha era nada más y nada menos que en su tierra. Estaba cerca, el 10 lo sentía. Un plantel totalmente cuestionado por el exitismo, corriente más de moda en el fútbol moderno, tenía que defender a su país frente a su gente en la Copa América de 2011. Generalmente las definiciones por penales son azar, le da la chance de salir victorioso al más mediocre o al mejor de todos. No es el caso de la historia de Messi con Argentina, porque desde allí la maldición continúa y Uruguay nos eliminó en cuartos y luego fue campeón.

La tripulación estaba más debilitada que nunca y el nuevo jefe lo sentía. Alejandro Sabella decidió renovar el barco, no sólo con convocatorias a jugadores que él conocía desde su ciclo en Estudiantes, sino con su elección del líder. “Pachorra” decidió que Mascherano continuaría como el “jefecito”, porque la cinta iría para el mejor de todos. Y las Eliminatorias comenzaron trágicas, pero la epopeya en el segundo tiempo en Barranquilla hizo madurar psicológicamente al grupo y a su líder.

Messi no volvió a jugar mal y Argentina clasificó a Brasil 2014, el Mundial que quería la gente, el primero en Latinoamérica desde México 86. Con un “Messías” en su máximo esplendor, superó arduamente un grupo accesible y los octavos frente a Suiza. Pero para salir campeón hacía falta un cambio de paradigma, y fue Mascherano quien lideró la revolución. Se convirtió en amo y señor del equipo y los dioses lo premiaron con el destino a favor nuestro en los penales frente a Holanda. Sin embargo no era más que una ilusión, un juego que los entretenía desde el Olimpo. El héroe seguía siendo castigado, esta vez con una derrota en una final del mundo, otra vez frente a Alemania. Messi era debilitado para que se diera por vencido, pero su obsesión y amor propio era demasiado grande como para dejar de intentar.

Mientras el plantel se esperanzaba con cada paso que daba en la Copa América de Chile, al año siguiente del castigo en Brasil, a todos los detractores de una generación estupenda les revivían viejos fantasmas de la final anterior. La “Roja” nos esperaba en el último partido, para ser la furia que derive en el final trágico de nuestro héroe. Otra vez. Otra vez doce pasos que les alcanzan a los dioses para hacer flaquear hasta al más fuerte. Alexis Sánchez tuvo la sangre fría necesaria para hacer historia en su país y hacer que tambalee la continuidad de varias estrellas del plantel, entre ellas Ulises, digo, Messi, y Mascherano.

Pero se quedaron por la excepción. No sólo para ser la excepción a la regla, sino por la irregularidad del Centenario. El 2016 se celebraba con otra Copa América en Estados Unidos, y era la oportunidad. Cuanto más cerca estaba Ulises de Ítaca, más maduro era por tantos obstáculos sorteados, se hacía más fuerte. La mirada cambió y la barba creció en un Messi furioso con la voluntad divina. Él no lo merecía y, con una lesión y un juicio en sus hombros, se preparó como nunca para esta oportunidad.

Mientras el periodismo y el exitismo social acechaba y era autor ilustre de todas las críticas para la Selección y su capitán, Ulises estaba en Ítaca y sólo faltaba que Penélope lo reconociera. Pero se quedó a un paso. Otra vez un mortal fue castigado desde arriba, otra vez el mismo mortal fue sumergido en la penumbra. Días antes se había plantado contra un sistema que está en crisis, lo que menos hace es ayudar a que esta generación consiga ese título de una vez por todas. Esta vez el héroe, bajo presión mediática, política y social, decidió abandonar su cometido. Ulises estuvo cerca en muchas oportunidades y su perseverancia lo premió. Esperemos que la historia de Messi no sea una tragedia de Sófocles, sino de Homero. Esperemos que Leo sea Ulises y vuelva para conquistar el corazón de los críticos, los que no lo merecen.

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