“Siempre lo intentaste. Siempre fallaste. No importa. Intenta de nuevo. Falla otra vez, Falla mejor”. Samuel Beckett

¿Qué te hicimos Lionel?

Tomás Godoy (@tomigodoy94)

28 DE MARZO DE 2018

La madrugada del 26 al 27 de junio del 2016 quedará grabada, quizás para siempre, en la memoria colectiva de un pueblo argentino perplejo. Y del mundo deportivo, que también quedó pasmado. Muchos no habrán podido dormir. A otros, los más sentimentales, se les habrá caído una lágrima. Los nostálgicos habrán evocado otros tiempos en los que el destino, cada tanto, solía tener la gentileza de no ser tan esquivo.

Los incrédulos despertarán creyendo que todo había sido una gran pesadilla y que nada de lo ocurrido en New Jersey había sido real. Que, en realidad, el mediocampo había acompañado a Messi en la generación de juego, que los delanteros habían sido contundentes en la definición, que no se había llegado otra vez a la tanda de penales con Chile y que la suerte no le había hecho semejante mueca perversa al mejor de todos. Pero nada de eso ocurrió. La noche se había extendido lo suficiente como para volverse casi eterna. Sin embargo, el duelo recién comenzaba. Argentina no podía contener la hemorragia sentimental por una sequía de 23 años sin títulos y tres mazazos consecutivos.

Un par de horas antes, el peor de los escenarios era una derrota ante Chile y la tercera final que se esfumaría en tres años. Otra vez la decepción, la frustración y la angustia para un grupo de futbolistas que ya venía golpeado. Pero sucedió algo peor. Muchos se habían ido a dormir, con un nudo en la garganta y el corazón estrujado. Pero a la amarga imagen de un Messi pálido, llorando sin consuelo mientras Agüero le palmeaba el hombro, aún había que agregarle algo.

Algo inesperado y perturbador. Pero también lógico. Una paradoja, por demás, cínica. Nadie todavía estaba en condiciones de superar la puñalada a la ilusión que significaba una nueva derrota a manos del azar, cuando Messi salió del vestuario, casi arrastrándose, con la mirada gris y los ojos que habían quedado vidriosos del llanto. “Ya está, se terminó para mí la selección. Son cuatro finales, no es para mí. Lo busqué, era lo que más deseaba, no se me dio”, soltó La Pulga con la voz entrecortada. Del otro lado, silencio de velorio. Uno de los periodistas presentes en la zona mixta atinó a repreguntar, desconcertado. No podía ni quería creer lo que estaba escuchando.

Messi tragó saliva, encogió los hombros y explicó: “Es por el bien de todos. Hay mucha gente que no se conforma, y nosotros tampoco, con llegar a la final y no ganarla”. A él también le dolía la despedida. Pero mucho más lo lastimó el ataque despiadado y brutal que le propinaron durante años un sector de la prensa y los fanáticos que eligieron, como modo de vida, la genuflexión ante la dictadura del resultado. Ese exitismo hizo que, sobre casi 200 países en el mundo, Messi tenga detractores en uno, Argentina. Y también en una ciudad, Madrid. Los madrileños tienen motivos para no quererlo: los humilló futbolísticamente durante 10 años consecutivos. Pero lo de Argentina no tiene explicación y Messi no puede entender cómo no es profeta en la nación que lo vio nacer.

Entonces, Lio dejó en claro cuál era su postura. La sentencia pareció irrevocable: “Ya lo intenté mucho, me duele más que a ninguno no poder ser campeón con Argentina pero es así, me voy sin poder conseguirlo”. Desde ese instante, aquellos que lo habían denostado y despreciado, comenzaron el operativo clamor por el regreso. Cual marido descuidado ante la mujer que, tras años de maltrato injustificado, le exige el divorcio, se llamaron a silencio y ensayaron un tibio y enmascarado pedido de disculpas.

Pero la renuncia al seleccionado nacional estaba consumada. La decisión, una trompada de knock-out a quienes creen que los futbolistas son robots sin sentimientos que corren detrás de la pelota, se sabía multicausal. Podría haber sido una visceral demostración de hartazgo ante el desprecio. O un desgarrador pedido de afecto. Tal vez, una medida de autoprotección y un límite a quienes creyeron que lo podían criticar y denostar sin tapujos. No se supo ni se sabrá. Nunca se conocerá, a ciencia cierta, que fue lo que impulsó a Messi a dar el portazo.

Quizás la ignorancia de una sociedad arrogante haya sido la responsable. De otro modo, sería imposible acusar de mercenario a quien rehusó tres ofertas consecutivas, con dinero de por medio, para jugar en la selección española, en un época en la que la convocatoria para vestir la celeste y blanca se dilataba inexplicablemente. O, tal vez, la falta de memoria. Solamente así se le podría reclamar a Messi “no haberle dado nada”, en términos futbolísticos, a un país que le dio la espalda cuando más lo necesitó: una nación que se rehusó a costear el tratamiento con hormonas de crecimiento en aquellas épocas de inyecciones nocturnas cuando todavía era un nene.

También pudo haber sido el particular encanto que tienen los idiotas por juzgar a partir de detalles pintorescos pero accesorios. Ésa es la única forma en que se podrían analizar las acusaciones de “no sentir la camiseta” por el mero hecho de no cantar la introducción de un himno que, detalle revelador, es meramente instrumental. O la ingratitud, esa forma que elegimos para relacionarnos con él. Nunca se lo valoró por lo que hacía (tacos, gambetas, asistencias y los goles que lo llevaron a superar a Batistuta como máximo anotador en la historia del seleccionado) sino por lo que, según el bastardado juicio ético que se tiene, no pudo lograr: levantar la Copa del Mundo.

Probablemente haya sido por el cansancio ante la odiosa e injusta comparación con Maradona. Esa que realizan aquellos melancólicos que no terminaron de hacer el duelo, que no se dieron cuenta que ‘Diego’ se retiró hace 20 años y que le cargan a Messi la mochila de ser igual que él, aunque se sepa que biológicamente es imposible. Y a esta generación, la obligación de cortar las dos décadas sin títulos. A Messi lo destrozaron cuando todavía estaba en cancha. A ‘Diego’, como nos dio un Mundial, no. Sólo esperaron a que se retire y le palmearon la espalda mientras aceleraba para chocar contra la pared.

¿Qué decir de aquellos que lo tildaron de “fracasado” o “pecho frío”? Desde la comodidad del sofá, más vale. Esos que después vuelven a la realidad: a ser un oficinista que su más destacado éxito profesional en la vida fue encontrar un trabajo estable como empleado administrativo, una mujer que alcanzó su pico de adrenalina cuando se quedó sin yerba para el mate; y un joven al que le hicieron creer que era un crack pero que su máximo logro futbolístico había sido hacer dos goles en un partido de fútbol cinco que jugó con sus compañeros de secundaria. Esos que en el triunfo de la selección quisieron salvar sus frustraciones, esconder sus miserias y sentir que ganaron algo, alguna vez, en algún lado, en esta vida.

Un artículo aparte merecerían los dirigentes de la AFA. Pero queda poco por agregar ante un conjunto de inútiles y venales en pleno desbande. Los mismos que eligieron la obsecuencia y/o complicidad para asentir cualquier cosa durante tres décadas de poder centralizado y conducción gangsteril, mientras el fútbol argentino se desangraba. Que Luis Segura, una persona a la que la inmensa mayoría conoció cuando lo grabaron revendiendo entradas de protocolo en el Mundial de Brasil, haya sido presidente es la mejor síntesis.

Esos fueron, posiblemente, algunos de los motivos que hicieron que gran parte de la sociedad haya quedado ciega ante su naturaleza autodestructiva y no se haya permitido, durante 10 años, disfrutar del mejor jugador de su época y uno de los pocos que tiene reservado un lugar en la vitrina de las leyendas futbolísticas. Y así fue que, de a poco y entre todos, lo despojaron a Messi de lo más sano e inocente que tiene un futbolista: las ganas de entrar a la cancha. ¿Inverosímil, cierto? A Messi le robaron el sueño que siempre tuvo desde chico: querer jugar en la selección.

Ojalá que pueda darse cuenta y regrese. Pero sólo por él. Por él y algunos de sus compañeros, que tampoco merecían este final. Que vuelva para tener revancha en el mundial de Rusia. Que si Dios existe, el destino es justo y el fútbol le devuelve algo de todo lo que le dio, lo va a lograr. Anoto la fecha de la final, por las dudas: 15 de julio de 2018, en Moscú. “Será justicia”.

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