Los actos sembraron una nueva faceta en el capitán del seleccionado, ¿qué hubiese pasado si Lionel Messi se inclinaba por las delcaraciones opuestas?  

Y si las cosas fueran al revés

Bruno Pereyra

28 DE MARZO DE 2018

Son las doce y media de la noche. El domingo acaba de terminar y una nueva semana está por comenzar. Hace minutos que los penales entre Argentina y Chile sentenciaron una nueva derrota para la Selección Nacional. Es momento de apagar el televisor y el joven de 13 años no quiere escuchar ni que le cuenten lo que acaba de ver.

El chico se acuesta cabizbajo, masticando bronca y resignación por una nueva final perdida. Sabe que todavía esa mala racha de 23 años sin títulos no ha terminado y que la foto de Lionel Messi con la camiseta argentina levantando una Copa tendrá que esperar.

Apoya su cabeza en la almohada y repasa brevemente las jugadas de Gonzalo Higuaín y Sergio Aguero. Inevitablemente se le vienen a la mente las chances perdidas en la final del Mundial de Brasil 2014 y Copa América de Chile 2015. La gloria estuvo ahí y otra vez se volvió a escapar.

Piensa en por qué no se le da a esta generación, por qué la victoria en una final le es tan esquiva, qué es lo que hacen mal, intenta buscar un culpable pero no lo encuentra.

Da vueltas y vueltas en la cama, sabe que Lionel Messi es el mejor de todos, que hizo una gran copa y se lamenta por las críticas que van a caer sobre él otra vez. Una idea se le cruza por la cabeza, tal vez Messi se harte de una vez por todas y decida irse del seleccionado, cansado de haberlo dado todo y no sentir que le devuelvan nada.

Finalmente logra conciliar el sueño y puede dormirse.

Son las siete de la mañana y su mamá se encarga de despertarlo para llevarlo al colegio. Es lunes y el día lluvioso acompaña la nostalgia por la derrota. Mientras desayuna ve que en la televisión está la noticia del año, lo que pensó en las sábanas se había convertido en realidad.

Messi se había quitado la ropa de superhéroe, cansado de soportar en sus hombros la presión de 40 millones de argentinos decidió que era el momento de dejar su disfraz en el placard para convertirse en un argentino más, uno común y corriente. El hombre que apenas unos días atrás cumplió 29 años y se convirtió en el máximo goleador del seleccionado con 55 goles había dado el golpazo. La Pulga, su ídolo, había renunciado a la selección argentina. Era un hecho.

Dejó todo de lado. Ya no importaba la leche caliente ni las ricas tostadas de su mamá, asistir a clases pasó a un segundo plano, si había un día para llegar tarde, era este. Quería saber el por qué, quería saber si era definitivo, quería saber y no encontraba respuestas.

Cuando llega al colegio unos compañeros lo reciben de mala manera. "A ese que abandonó apoyas", le recriminan y continuan: "Nunca hace goles en las finales". Justamente se lo reprochan los más flojos de la clase, los que nunca obtuvieron un diez en nada.

El joven, fuera de sí, piensa: "Si Lionel puede contra tres en una cancha, yo también voy a poder", pero Messi hay uno solo y termina desmayado en el patio.

*

Son las siete de la mañana y su mamá se encarga de despertarlo para llevarlo al colegio. Es lunes y el día lluvioso acompaña la nostalgia por la derrota. Mientras desayuna ve que en la televisión se habla de una nueva final perdida por la Argentina y que Messi anunció que está con ganas de salir campeón del Mundo en Rusia, que la Copa Centenario era un invento y que lo único que importaba y valía era ganar en tierras soviéticas.

Se quedó perplejo.

El chico se sorprendió por semejantes declaraciones de su ídolo, acostumbrado al bajo perfil y a no salirse del casette en sus declaraciones, pero parece que esa barba tupida y el cansancio que manifestó contra la Asociación del Fútbol Argentino hace días atrás presentaban a un nuevo Messi, un Diez totalmente diferente que se mostró llorando por primera vez ante las cámaras y que ya dejaba de ser aquel que poco hablaba para pasar a convertirse en ese líder que muchos exigieron. Charlatán y bravucón, reflejo perfecto de una sociedad argentina, parecía hecho a medida.

Por un momento el joven de 13 años pensó que ese ya no era su ídolo, que la figura en la que se había convertido (o habían convertido) no era lo que quería. Apagó el televisor y se preparó para una nueva semana del colegio con un pensamiento que se apoderaba completamente de él: "Ojalá te extrañen Lionel, ojalá extrañen tu manera de ser".

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