Ya retirado, el campeón olímpico repasa en la intimidad sus tres décadas sobre una bicicleta y le cuenta a El Equipo la relación con su amor correspondido.

Walter Pérez: "El ciclismo es mi vida"

Por Lorenzo Rezolino (@lorenzorezolino)

28 DE MARZO DE 2018

Su humildad se oye en cada palabra. La sencillez que lo caracteriza se puede apreciar en sus gestos. Su fragancia a gloria deportiva se puede percibir en el ambiente. Su voz eufórica es una pieza musical importante de la historia del deporte argentino y oírla te permite viajar arriba de una bicicleta por una carrera que resulta interminable, plagada de éxito, de proyectos y de un amor platónico que persistirá toda una vida: el del medallista olímpico Walter Pérez con el ciclismo.

La historia de ese amor platónico inició a principios de los años 80’ gracias al incentivo que tuvo Hugo Pérez hacia su pequeño hijo Walter, de apenas cinco años. Fanático del deporte y enamorado del ciclismo, Hugo subió un día a Walter a una bici, le enseñó a pedalear y a mantener el equilibrio y lo acompañó por todo San Justo, partido de La Matanza. Su bici fue su compañera de aventuras, el papá, un testigo confiable y las calles de esa ciudad se transformaron en su pista de carrera.

El ciclismo lo veía como un juego. A medida que fui creciendo lo tomé como un deporte porque lo practicaba todo los días y a partir de que entré a las categorías federadas ya lo empecé a tomar como el alto rendimiento”, argumentó Walter Pérez en una entrevista con este El Equipo. Mientras ese pequeño merodeaba por todos lados junto a su querida compañera, por su mente deambulaba un sueño muy especial que años más tarde concretaría: vivir exclusivamente del ciclismo.

Al cabo de unos años, el pequeño creció y comienzó a incursionar en las carreras en pista. Durante unas de sus intervenciones en las competencias federadas, un locutor de ciclismo que estaba cubriendo el evento observó detenidamente la manera sigilosa y rápida con la que Walter se manejaba dentro del pelotón y sobrepasó a sus oponentes. A partir de esa apreciación, el locutor que tenía como costumbre adjudicar apodos a los ciclistas, le asignó a Walter La Liebre. “Me apodan así porque me metía en lugares del pelotón que para otros era difícil hacerlo o no lo hacían. Por la rapidez y por meterme en esos lugares me apodó así porque decía que en momentos difíciles, como cuando corres a una liebre que escapa para algún lado”, explicó este ciclista de 42 años.

A partir de su romanticismo con el ciclismo, Walter estableció como objetivo principal vivir del deporte y para eso direccionó su bici en el camino del alto rendimiento. Ese direccionamiento en su trayectoria fue la punta de flecha que dio en el blanco perfecto porque significó la llegada de buenos resultados de una carrera intachable y sumida en una gloria eterna. Las hazañas deportivas grafican todo el esfuerzo, la pasión y dedicación que Walter le brindó a su tan amado deporte. Cinco ediciones de los juegos olímpicos, mundiales de ciclismo y seis ediciones de los juegos panamericanos fueron sus competencias más relevantes.

Sin embargo, existen tres conquistas que permanecen en lo más alto de su olimpo deportivo: la primera es la medalla de oro que obtuvo junto a Juan Curuchet en la prueba Madison del campeonato mundial del 2004. La segunda, no menos importante que la primera, consiste en la presea dorada que se colgó en su cuello el 19 de agosto de 2008 en los Juegos Olímpicos de Beijing. Walter definió a ese logro que consiguió junto a su compañero de andanzas, Juan Curuchet, como “un sueño cumplido”: “Estuve muchos años en busca de estar arriba de un podio de un juego olímpico”. Y la tercera es el título que cosechó en los juegos panamericanos como el mayor medallista argentino de la historia en esa competencia, con nueve premios, de los cuales dos están bañados en oro, cuatro en plata y tres en bronce. Esa última conquista marcó el cierre de una carrera gloriosa que le permitió a Walter disfrutar durante 36 años arriba de una bicicleta su vínculo con un amor correspondido.

Su relación con una bici de carrera finalizó en los Juegos Panamericanos de Toronto 2015, aunque la pasión por el ciclismo fue más fuerte que él y no lo dejó alejarse del ámbito deportivo. No obstante, hoy su vida gira entorno al deporte y lo mantiene ocupado en gran parte del día. Su incursión en el alto rendimiento le permite actualmente volcar toda su experiencia en el equipo que tiene a cargo: “Los Cascos Naranjas”. Además de entrenar profesionalmente a personas, está trabajando en el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Enard) con algunos planes y también brinda clínicas o charlas en varias provincias de la Argentina.

Viví una época del ciclismo previa al apoyo de muchas instituciones como el Enard y la idea es traspasar toda la experiencia para que los chicos no tengan que vivir lo que viví yo. Lo difícil, lo cuesta arriba que se hace representar a la selección argentina. Volcar esa experiencia es lo que me tiene ocupado hoy”, manifestó Pérez.

Se define como una persona perfeccionista que todo lo que hace, lo hace de la mejor manera y dando su máximo potencial. Walter emana una tranquilidad absoluta y tiene una personalidad introvertida. Su pasión es y será el ciclismo. Su joya más preciada es y será la bicicleta. Gracias al ciclismo conoció a su mujer y tienen un hijo. Formó una familia gracias al deporte. Y como dice Walter: “El ciclismo es mi vida”.

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