Durante la última dictadura cívico-militar, los sábados en el Campo de Deportes del Colegio Nacional de Buenos Aires fueron un refugio para los estudiantes, que encontraron un espacio para ser libres.

El Campo es nuestro

Iván Lorenz

28 DE MARZO DE 2018

“Año 78 / año sensacional / porque se murió Maniglia / y ganamos el Mundial”, entonaron a fin de año los alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires. Sí, celebraron la muerte del rector del Colegio. Es más: un sábado de mediados de 1978 gritaron y lloraron de alegría en su Campo de Deportes cuando les llegó la noticia. En un terreno que, en ocasiones, fue refugio para muchos chicos durante la dictadura cívico-militar que azotó a la Argentina. Un espacio donde se sintieron libres, cantaron y jugaron al fútbol, en un momento en que la opresión llegaba a todos lados.

Más de cien alumnos desaparecidos del “Colegio de la Patria” durante el Proceso de Reorganización Nacional dan cuenta del grado de politización y brutal represión vividos en un establecimiento educativo sobre el que la sociedad argentina deposita altas expectativas. Es “el Colegio”: forma a la élite.

Para la represión, el Colegio ubicado a dos cuadras de la Plaza de Mayo era la cuna de la subversión. Había que “podar la viña” y preservar las mentes jóvenes. Los estudiantes mayores eran el virus social que podía infectar a los más chicos, a quienes había que aislar. No podían relacionarse entre diferentes años, cada uno en su claustro.

Todo estaba garantizado por un férreo sistema de control. Dentro del edificio, las zonas verdes eran de libre circulación, mientras que las blancas no podían ser transitadas por alumnos. Deambular por sectores prohibidos implicaba sanciones. Reírse era reprobable. Besarse, motivo de expulsión.

Las sanciones llevaban a amonestaciones que a su vez generaban suspensiones. Más de 15 faltas significaba quedarse libre. Era tan fácil ganar castigos que a la paranoia constante se le sumaba el terror a ser expulsado, porque el Colegio, para muchos, era la vida.

Eduardo Maniglia era el rector. Los chicos lo llamaban la Bestia. Era el símbolo de la opresión que vivían. Sospechaban que las autoridades eran servicios, militares o policías. La represión lo abarcó todo. De lunes a viernes, el Campo de Deportes no era la excepción. Los recuerdos de los exalumnos están ligados a un frío helado: “No había primaveras en el Campo. Para mí era muy terrible, iba a sufrir”, dice Laura González (promoción 83).

Para llegar al Campo había que atravesar el puerto. Los colectivos llegaban hasta la Avenida Alem. La otra opción era el subte y caminar hacia el Río de la Plata. Caminaban por Cangallo –hoy Juan D. Perón– y el olor a semilla podrida y caca de paloma tapaba sus fosas nasales. Puerto Madero era un terreno baldío. Inhóspito y desolado. El frío lo hacía aún más sombrío. Ir solo no era una opción, menos siendo mujer: los obreros les gritaban obscenidades.

El Campo era una llanura verde rodeada de galpones. El esquema represivo y la crueldad recorrían los cuerpos de los alumnos. Daban su máximo para no ser humillados por los profesores. Laura recuerda cómo temblaban sus brazos y sus piernas del cansancio mientras los docentes la obligaban a seguir. Invaden su cabeza los gritos del instructor Augusto Vivod, preparándolos para marchar en el desfile del día de la bandera.

Pero el fin de semana era distinto. “No sé si Campo los sábados se lo arrancamos o lo dejaron libre, pero fue nuestro”, dice Mariana Lewkowicz (promoción 82). Fue el lugar de su primer beso. Era zona de levante. Deportistas de la guitarra jugaban con las cuerdas. Sui Generis, Spinetta. Pasaban el día allí. Jugaban los Interdivisionales, un torneo de varios deportes que aportaba puntos para cada división. Comían las hamburguesas que hacía el casero, Santos Goyanes.

El sábado 28 de agosto de 1978, Goyanes se acercó a los más de 50 alumnos reunidos en el Campo y comunicó: “Se van a tener que retirar porque acaban de informar que murió el señor rector". Se hizo silencio. Se miraron atónitos. Fue espontáneo. Las cuerdas vocales se les rompieron por el grito. Saltaron por la excitación. Llantos de impotencia y alegría ahogaron el pasto. Besos. Abrazos. El actual ministro Hernán Lombardi estaba fuera de sí, aquel día junto a sus compañeros. Alejandro Chiche López Mieres (promoción 78) cuenta: “Mostró la angustia de pibes de 17 años. Surgió algo colectivo de lo inorgánico. No nos organizamos porque eso no existía”.

Casi un mes después, Chiche volvió al Campo para disputar la final del Torneo Abierto Interdivisional de fútbol, la primera entre dos divisiones del turno tarde: 6°8ª vs 6°6ª. Fue la victoria sobre el turno mañana. La semana previa se vivió con mucha intensidad, según recuerda Norberto Di Paola, el arquero de la Octava.

La Sexta fue de amarillo y la Octava de celeste. 18 años después del Maracanazo, los colores de los equipos sudamericanos se volvieron a cruzar. Otro 11 contra 11. En el primer tiempo se desató la fiebre amarela: David Joltak tiró un centro, la pelota picó en el área y, al llegar al borde, Chiche saltó entre dos marcas y de un frentazo la colocó en el ángulo.

Los amarillos tuvieron oportunidades para cerrarlo, pero, en el segundo tiempo, el partido dio un giro copernicano. Jorge el Rata Zabala paró la tarde de sábado del Campo. Clavó el balón en el ángulo con un zapatazo de 20 metros. 1-1. Bordeando la línea de cal, Eduardo Lerner (promoción 78) iba de acá para allá, ansioso y angustiado: “La padecí. Me quería matar. Quería estar ahí adentro corriendo con todos”. El wing no pudo disputar la final para la Sexta porque lo habían dejado libre del Colegio por suspensiones.

Minutos después, Edy no podría creer cómo le cometieron un penal a Eduardo Keegan, aparentemente no muy habilidoso. La Octava, el equipo de Lombardi, decidió que Gustavo Lole Garófalo sería el ejecutor. El arquero Sergio Necchi no pudo evitar la derrota de los amarillos. Fue 2-1 para los celestes.

Edy da una pitada a su cigarro y recuerda: “El Campo de Deportes era lo único que seguíamos sintiendo nuestro durante la dictadura”. No era el Maracaná, pero era de ellos. No tuvo relevancia internacional, pero era importante. No era una final del mundo, pero la vivieron como tal.

José, el guardián del Campo
Llovía a cántaros aquella mañana de jueves. Sin embargo, el agua no difuminó la curvatura de la sonrisa de José Bancherosky. Abrió la reja verde del Campo de Deportes, su casa desde Noviembre de 2010, cuando el Colegio Nacional de Buenos Aires lo designó como nuevo guardián de la porción de tierra acechada por las bestias edilicias de Puerto Madero. Recibió a su entrevistador entre risas y apurado para evitar que el agua empapase sus grisáceos rulos.
El misionero eligió la Sala de Profesores. Su campera y buzo sobre su chomba denotaban el frío que hacía en el cuartito. José frotaba sus manos y jugaba con los tres anillos de sus falanges zurdas. Estaba nervioso, no está acostumbrado a las entrevistas como a manejar la motosierra o el tractor.
Recuerda que en 2011 tuvo un ataque de coraje ¿Cómo no armarse de valor si le estaban robando a los chicos, su prioridad? El misionero tackleó a un ladrón. El bandido intentó escaparse y las pesadas botas de José lo tumbaron de cara al piso.
Hoy no lo haría de vuelta, es peligroso. Pero José entiende que ser casero conlleva actos de valentía, levantarse todos los días a las 5.00 para prender la caldera y que los alumnos tengan agua caliente o bien no gozar de francos.
El ruido a chapa cascoteada por la lluvia no opacó la calidez y sinceridad de las palabras de José: “Soy un privilegiado de la vida por estar acá. El que está arriba me habrá bendecido. Ganar mucho o poco... para mi laburar acá es una satisfacción”.

José, el guardián del Campo

Llovía a cántaros aquella mañana de jueves. Sin embargo, el agua no difuminó la curvatura de la sonrisa de José Bancherosky. Abrió la reja verde del Campo de Deportes, su casa desde Noviembre de 2010, cuando el Colegio Nacional de Buenos Aires lo designó como nuevo guardián de la porción de tierra acechada por las bestias edilicias de Puerto Madero. Recibió a su entrevistador entre risas y apurado para evitar que el agua empapase sus grisáceos rulos.

El misionero eligió la Sala de Profesores. Su campera y buzo sobre su chomba denotaban el frío que hacía en el cuartito. José frotaba sus manos y jugaba con los tres anillos de sus falanges zurdas. Estaba nervioso, no está acostumbrado a las entrevistas como a manejar la motosierra o el tractor.

Recuerda que en 2011 tuvo un ataque de coraje ¿Cómo no armarse de valor si le estaban robando a los chicos, su prioridad? El misionero tackleó a un ladrón. El bandido intentó escaparse y las pesadas botas de José lo tumbaron de cara al piso.

Hoy no lo haría de vuelta, es peligroso. Pero José entiende que ser casero conlleva actos de valentía, levantarse todos los días a las 5.00 para prender la caldera y que los alumnos tengan agua caliente o bien no gozar de francos.
El ruido a chapa cascoteada por la lluvia no opacó la calidez y sinceridad de las palabras de José: “Soy un privilegiado de la vida por estar acá. El que está arriba me habrá bendecido. Ganar mucho o poco... para mi laburar acá es una satisfacción”.

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