La ciudad de Buenos Aires está revolucionada por los Juegos Olímpicos de la Juventud. En algunas sedes, el ingreso para disfrutar de las distintas competiciones es muy complicado.

La odisea por un lugar

Gastón Pestarino

28 DE MARZO DE 2018

Es martes a la una y media de la tarde. El Parque Olímpico de la Juventud colapsa de gente, como si fuera un hormiguero. De todos modos, no llega ni por casualidad a ser similar al domingo, cuando había cola hasta para entrar al establecimiento. El que fue al primer día de competencias lo sabe: eran más de cinco cuadras solo para el ingreso.

Hay un punto en común entre ambos días y es la gran fila para sentarse en una butaca de algún pabellón. Ya no importa si el deporte es el preferido o no, la gente busca el que menos espera tenga. Y todo lo contrario sucedía en el Pabellón América, donde se desarollan las pruebas de gimnasia. La cola era de, aproximadamente, 300 metros. Vaya uno a saber cuántos de esos miles y miles de espectadores sabía realmente lo que se jugaba, o cómo se lo hacía.

Los que sufren estos largos minutos, que se transforman en horas, son los más pequeños. Ya pasó una hora y las chicas de gimnasia de Lanús no saben con qué distraerse. El estadio está lleno y ellas se encuentran a solamente unos pasos de apoyar la pulsera y disfrutar el espectáculo. Adelante tienen a seis personas, pero el inconveniente es que son un grupo muy numeroso, de más de 30. Las jóvenes, de unos 12 años, son guiadas por sus profesoras y un par de padres que acompañan.

Cuando la espera comenzaba a alargarse, les empezaron a pedir a los distintos atletas, espectadores, voluntarios, organizativos y todo aquel que caminara por al lado un pin, cualquiera, de los diversos que se reparten en estos Juegos. ¡Hasta en inglés los pedían! Recolectaron nueve en total, nada mal.

Detrás de las fervorosas niñas, estaba una holandesa de 17 años. No había venido especialmente a los Juegos, se encontraba de intercambio en el país. Bien a la moda europea, con una bandera de su lugar de orígen, le costaba entender lo que hacían las chicas de Lanús. Con un inglés muy fluido y un español que dejaba bastante que desear. Solo tiene dos meses en Argentina. Contó que de ninguna manera eso sucedería en Holanda, pero que le gustaba. Hasta que, finalmente, la espera se acabó. La felicidad que denotaban al entrar es difícil de explicar: iban a ver, por primera vez, pruebas de su deporte a este nivel.

El sol se desplaza lentamente hacia el oeste y el reloj ya marca las cinco de la tarde. Falta una hora para que comience la acción en natación, deporte fetiche del olimpismo y, por supuesto, de Buenos Aires 2018. Ahora sí, la fila era cosa seria. Imposible calcular la cantidad de gente, pero en la tercera parte de la misma se paró un voluntario con un cartel que reflejaba la leyenda “Platea llena”. Punto a favor de la organización que con esto advertía a los simpatizantes que quedaran detrás, no ingresarían directamente al natatorio y debería esperar a que alguno salga.

Ya dentro del mismo, fueron escasos los que se fueron, por lo que muchísima gente se quedó sin la oportunidad de ver el deporte en vivo. Igualmente, tenían la posibilidad de observarlo en el Fan Fest, que posee un kiosco y una inmensa pantalla led, que transmite las diferentes competiciones.

Ya no importa si es día laboral, pleno mediodía o la tarde. Si es necesario, los argentinos piden de faltar para meterse en esta odisea por un lugar en un estadio. Después de todo, ¿cuándo van a tener la posibilidad de ver un Juego Olímpico en vivo? Quizás, nunca.

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