Fontanarrosa permanece vivo en cada una de las historias que, cuidadosamente, volcó sobre el papel a través de sus palabras. José Colorado Vázquez, Reynaldo Chelo Molina, Rubén Pitu Fernández, Carlos Chiquito Martorell y Ricardo Centurión cuentan cómo era la preparación de las obras del escritor.

Las historias detrás de los cuentos

Rodrigo Brusco

28 DE MARZO DE 2018

Cuando Fontanarrosa llegaba a El Cairo no sólo se encontraba con sus amigos, sino también con un sinfín de posibilidades para escribir sus cuentos. En La Mesa de los Galanes ocurrían cosas comunes, graciosas, como las que pueden sucederle a cualquiera en una reunión con los suyos. Pero el Negro era capaz de identificar en sucesos cotidianos las tramas de sus historias.

“Cuando el Negro empezaba a escribir un cuento, le llevaba un tiempo, no lo hacía completo en una noche”, dice Reynaldo Molina. Y agregua: “Algunos quedaban por la mitad y comenzaba con otro por distintas situaciones, por las cosas que iba viviendo en el bar, en la cancha, en muchos de sus viajes al exterior o a Buenos Aires. Se nutría de momentos para terminar o empezar esas historias. Quizás algunas de ellas eran una mezcla de tres sucesos que le sucedieron en diversos lugares. Cuando volvía nos contaba, la resumía y ponía en boca nuestra todo lo que había vivido”.

A José “El Colorado” Vázquez se lo ve un tipo tranquilo, reflexivo y simpático. En primera instancia, uno duda en que se parezca en algo al Colorado fanático y cabulero que planea el secuestro del viejo Casale en el cuento 19 de Diciembre de 1971 junto a sus secuaces, capaz de hacer cualquier cosa por ver ganar a Central. Identificado como uno de los personajes principales, Vázquez dice que es un “eterno agradecido” a Fontanarrosa porque en la década del 80 atravesaba un momento económico muy malo: “El Negro llegó un día y me regaló y dedicó especialmente esa historia, en la que yo era uno de los personajes más importantes”. Ese relato se enmarca en la semifinal del torneo de aquel año en la que se disputó el clásico rosarino en el estadio de River Plate con la figura saliente de Aldo Pedro Poy y su palomita que les dio el triunfo y el pase a la final del torneo con el viejo Casale, muerto es su butaca. Pero como dice Fontanarrosa en su cuento: “¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.

Desde la muerte de un viejo cardíaco por haber ido a la cancha por última vez hasta un hincha que, ganado por el nerviosismo, no quiere saber nada acerca del clásico que se está disputando, todo podía suceder en sus historias. El cuento La observación de los pájaros tiene una realidad diferente a la que se relata. El momento que dio paso al hilo conductor lejos está de un partido entre Canallas y Leprosos. Todo lo contrario, Rubén Fernández dice: “En 1988, Newell’s jugaba la final de la Copa Libertadores por primera vez, dirigidos por José Yudica. Para aquel momento, el Negro estaba de viaje por Colombia y no tenía manera de saber cómo iba el partido, estaba en un hotel que no tenía nada y antes las comunicaciones no eran como ahora, no había Internet, nada, de modo que se fue a dormir. A su regreso, nos contó que a la mañana siguiente, bien temprano, caminaba por los senderos externos del lugar donde se hospedaba y, de la nada, apareció un guacamayo que frente a él desplegó sus alas de color azul y amarillo. Supo en ese instante que no sólo fue un acto de la naturaleza, sino una señal Canalla de que el clásico rival había sido derrotado por Nacional de Montevideo”. Vázquez considera a este cuento como la “perfecta descripción” de cualquier persona que no quiere saber lo que pasa con su rival.

Al Negro, jugar con esos paralelismos entre la realidad y la ficción lo divertía. Y qué mejor que sus amigos como personajes de sus cuentos para hacerlos aún más coloridos. Ricardo Centurión, también fue parte de esas historias aunque se define como un “mal lector” de su amigo, a pesar de que cada vez que publicaba un libro le regalaba un ejemplar a cada uno de los galanes. Según Centurión, sólo el talento de Fontanarrosa podía transformar “las boludeces que sucedían en cuentos”, tal como el que dio origen a la historia La Mesa de los Galanes cuya trama está basada en la desesperación de uno de los personajes, el Francés, por encontrar al fotógrafo que lo retrató en pleno affaire con la mujer de un sindicalista. “Cuando empiezan a aparecer las revistas de televisión por cable, salían a sacar fotos para ponerlas junto a la programación”, continúa Centurión. “En una de esas, nos fotografían y el Negro dice 'si, nos enfocaron a nosotros, pero también salieron los que están ahí adelante. Con esto vamos todos en cana'. Al tiempo, cuando leímos el cuento, ¿de quién era la culpa del quilombo que tenía el francés? Del fotógrafo. Esto que cuento fue un instante, terminó ahí para nosotros. Después nos enterábamos qué había sido de ese momento”.

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