Rusia elimianda del mundial, perdió 3-4 en penales contra Croacia.

La revolución del fútbol ruso

Joaquín Arias

28 DE MARZO DE 2018

Cuando el Mundial todavía estaba en su fase de despegue, el periodista Ezequiel Fernández Moores se preguntaba qué tan “engañoso” había sido el “aplastante” triunfo 5-0 de Rusia ante Arabia Saudita en el debut. Quizá haya sido una ilusión óptica semejante cantidad de goles para un seleccionado al que le quepa la etiqueta de defensivo y, quizá también, la contundente derrota 3 a 0 ante Uruguay, el primer rival con peso al que enfrentó, haya permitido inducir que aquella goleada inicial era, efectivamente, un resultado mentiroso.
Sin embargo, 23 días después de aquel estreno y a fuerza de rigor físico y contundencia, el equipo de Stanislav Cherchesov se puede jactar de ser uno de los últimos cinco sobrevivientes de una indescifrable Copa del Mundo, un logro muy plausible para la selección con el Ranking FIFA más bajo del certamen–se ubica en la posición 70. En Sochi, aquella ciudad en el sudoeste ruso en la que Yevgueni Káfelnikov y Maria Sharapova crecieron con una raqueta en sus manos derechas, el revés que recibió de Rakitic y de Croacia fue un golpe a la esperanza de un pueblo que viajó de la euforia del gol del paulista Mário Fernandes a la desazón en algunos suspiros.
Esa desazón no es vacío. Porque el hecho que Rusia haya alcanzado los cuartos de final de un Mundial por cuarta vez en su historia –la primera sin el rótulo de URSS y sin Lev Yashin en el arco- obedece a un cúmulo de méritos. Para comenzar, fue un seleccionado molesto e incómodo, que hizo de la marca férrea y pegajosa un sello distintivo. Que España y Croacia no hayan endulzado las pupilas de los espectadores se debió, en gran medida, a su pericia y solidez. Antes del encuentro ante los croatas, lideraba la tabla de la FIFA de la “mejor defensa”, con 196 "despejes, faltas y paradas". Jamás se complicó en el fondo y no tuvo complejos en revolear la Telstar 18 hasta alturas espaciales, ahí donde Yuri Gagarin llegó antes que cualquier otro en 1961.
Asimismo, fue un elenco que jugó siempre “con el corazón abierto”, tal como describe la frase tallada en el ómnibus que lo transporta. Encontró en Denis Cheryshev una figura y un goleador, así como en Artiom Dzyuba el centrodelantero que propició y justificó el juego directo propuesto por el entrenador que, a través de sus efusivos ademanes, impulsó al público permanentemente. Pensar que ambos comenzaron el torneo sentados con la pechera puesta.
Si esta impensada actuación mundialista servirá como estímulo para una revolución del fútbol ruso está por verse. Mientras tanto, el deseo dominante le rinde honor a la quinta estrofa del himno. Porque “Un vasto espacio para soñar y vivir nos abren los años futuros” y porque soñar no cuesta nada y menos después de mostrarle al mundo que Rusia estuvo a un penal de ser semifinalista de la Copa más linda de todas.

Cuando el Mundial todavía estaba en su fase de despegue, el periodista Ezequiel Fernández Moores se preguntaba qué tan “engañoso” había sido el “aplastante” triunfo 5-0 de Rusia ante Arabia Saudita en el debut. Quizá haya sido una ilusión óptica semejante cantidad de goles para un seleccionado al que le quepa la etiqueta de defensivo y, quizá también, la contundente derrota 3 a 0 ante Uruguay, el primer rival con peso al que enfrentó, haya permitido inducir que aquella goleada inicial era, efectivamente, un resultado mentiroso.

Sin embargo, 23 días después de aquel estreno y a fuerza de rigor físico y contundencia, el equipo de Stanislav Cherchesov se puede jactar de ser uno de los últimos cinco sobrevivientes de una indescifrable Copa del Mundo, un logro muy plausible para la selección con el Ranking FIFA más bajo del certamen–se ubica en la posición 70. En Sochi, aquella ciudad en el sudoeste ruso en la que Yevgueni Káfelnikov y Maria Sharapova crecieron con una raqueta en sus manos derechas, el revés que recibió de Rakitic y de Croacia fue un golpe a la esperanza de un pueblo que viajó de la euforia del gol del paulista Mário Fernandes a la desazón en algunos suspiros.

Esa desazón no es vacío. Porque el hecho que Rusia haya alcanzado los cuartos de final de un Mundial por cuarta vez en su historia –la primera sin el rótulo de URSS y sin Lev Yashin en el arco- obedece a un cúmulo de méritos. Para comenzar, fue un seleccionado molesto e incómodo, que hizo de la marca férrea y pegajosa un sello distintivo. Que España y Croacia no hayan endulzado las pupilas de los espectadores se debió, en gran medida, a su pericia y solidez. Antes del encuentro ante los croatas, lideraba la tabla de la FIFA de la “mejor defensa”, con 196 "despejes, faltas y paradas". Jamás se complicó en el fondo y no tuvo complejos en revolear la Telstar 18 hasta alturas espaciales, ahí donde Yuri Gagarin llegó antes que cualquier otro en 1961.

Asimismo, fue un elenco que jugó siempre “con el corazón abierto”, tal como describe la frase tallada en el ómnibus que lo transporta. Encontró en Denis Cheryshev una figura y un goleador, así como en Artiom Dzyuba el centrodelantero que propició y justificó el juego directo propuesto por el entrenador que, a través de sus efusivos ademanes, impulsó al público permanentemente. Pensar que ambos comenzaron el torneo sentados con la pechera puesta.

Si esta impensada actuación mundialista servirá como estímulo para una revolución del fútbol ruso está por verse. Mientras tanto, el deseo dominante le rinde honor a la quinta estrofa del himno. Porque “Un vasto espacio para soñar y vivir nos abren los años futuros” y porque soñar no cuesta nada y menos después de mostrarle al mundo que Rusia estuvo a un penal de ser semifinalista de la Copa más linda de todas.

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