El equipo balcánico, comandado por Modric, venció en tiempo suplementario a Inglaterra por 2 a 1 y jugará por primera vez la final de la Copa del Mundo.

Croacia sueña a lo grande

Joaquín Arias

28 DE MARZO DE 2018

Parecía que la historia iba a ser la de siempre. Que Croacia se reencontraría con los doce pasos, ese aliado que le supo sacar una sonrisa bien abierta en los octavos y en los cuartos. Parecía que el destino penal estaba escrito en tinta indeleble, una consecuencia lógica de un desenlace en el que las piernas cargaban toneladas y los recaudos se apropiaban de un colmado Luzhniki Stadium.
Hasta que Ivan Perisic cabeceó una pelota que asomaba intrascendente, la línea de 3 de Inglaterra se paralizó y Mario Mandzukic de zurda, cruzado y en el segundo tiempo suplementario –evocando las características y el momento de aquel ingrato gol de Mario Götze hace cuatro años- diplomó a su camada como la mejor de la historia de su país y, con su grito, determinó que Croacia permanecería en Moscú para jugar, el domingo desde las 12 (hora Argentina), la primera final de una Copa del Mundo.
Otra vez vestido de negro con azulejos grises. Otra vez esa camiseta contrastando con la alegría cristalina de un equipo que, entre los tres alargues, ya disputó un partido más que Francia. ¿Desplegaron los caudillos de Zlatko Dalic un juego vistoso, conexo, con la sociedad Modric-Rakitic potenciada? No. Sin embargo, justamente esos dos rubios fueron los encargados de mostrarle al planeta que cuando los botines no lucen, la camiseta tiene que emanar agua. “Una misma alma”, los había definido el DT en conferencia de prensa.
La ilusión máxima era croata, pero a los cinco minutos del primer tiempo Kieran Trippier se disfrazó de Lilian Thuram, se calzó el pie derecho de David Beckham y, de pelota detenida, el vehículo con el que el equipo de Southgate estacionó en la red rival 9 de los 12 tantos convertidos en Rusia 2018, dejó estático a Danijel Subasic, que bajo el cielo de la capital rusa no fue llamado a convertirse en héroe nuevamente. El fuego balcánico brillaba por su ausencia y las únicas insinuaciones eran obra de Perisic, cuyos remates eran tan lejanos como aventurados.
Insistió el extremo que porta la 4, siguió amenazando en su andarivel izquierdo y gozó de su premio a los 68 minutos. Anticipó a Trippier, a Walker, a Isabel II y a los más de 53 millones de ingleses para igualar la segunda semifinal de este certamen y de su historia mundialista. Y luego el turno fue de Mandzukic, tan decisivo como Davor Zuker (hoy presidente de la Federación Croata de Fútbol) en el 98, para hacer lo que solamente Bélgica ante Japón había conseguido en la fase de eliminación directa: ganar un partido que había comenzado en desventaja.
El domingo, esta generación buscará bañarse en oro. Una final del mundo y Francia los espera. Suceda lo que suceda, hay un título que nadie podrá arrebatarle: el de ser la mejor de su historia.

Parecía que la historia iba a ser la de siempre. Que Croacia se reencontraría con los doce pasos, ese aliado que le supo sacar una sonrisa bien abierta en los octavos y en los cuartos. Parecía que el destino penal estaba escrito en tinta indeleble, una consecuencia lógica de un desenlace en el que las piernas cargaban toneladas y los recaudos se apropiaban de un colmado Luzhniki Stadium.

Hasta que Ivan Perisic cabeceó una pelota que asomaba intrascendente, la línea de 3 de Inglaterra se paralizó y Mario Mandzukic de zurda, cruzado y en el segundo tiempo suplementario –evocando las características y el momento de aquel ingrato gol de Mario Götze hace cuatro años- diplomó a su camada como la mejor de la historia de su país y, con su grito, determinó que Croacia permanezca en Moscú para jugar, el domingo desde las 12 (hora Argentina), la primera final de una Copa del Mundo.

Otra vez vestido de negro con azulejos grises. Otra vez esa camiseta contrastando con la alegría cristalina de un equipo que, entre los tres alargues, ya disputó un partido más que Francia. ¿Desplegaron los caudillos de Zlatko Dalic un juego vistoso, conexo, con la sociedad Modric-Rakitic potenciada? No. Sin embargo, justamente esos dos rubios fueron los encargados de mostrarle al planeta que cuando los botines no lucen, la camiseta tiene que emanar agua. “Una misma alma”, los había definido el DT en conferencia de prensa.

La ilusión máxima era croata, pero a los cinco minutos del primer tiempo Kieran Trippier se disfrazó de Lilian Thuram, se calzó el pie derecho de David Beckham y, de pelota detenida, el vehículo con el que el equipo de Southgate estacionó en la red rival 9 de los 12 tantos convertidos en Rusia 2018, dejó estático a Danijel Subasic, que bajo el cielo de la capital rusa no fue llamado a convertirse en héroe nuevamente. El fuego balcánico brillaba por su ausencia y las únicas insinuaciones eran obra de Perisic, cuyos remates eran tan lejanos como aventurados.

Insistió el extremo que porta la 4, siguió amenazando en su andarivel izquierdo y gozó de su premio a los 68 minutos. Anticipó a Trippier, a Walker, a Isabel II y a los más de 53 millones de ingleses para igualar la segunda semifinal de este certamen y de su historia mundialista. Y luego el turno fue de Mandzukic, tan decisivo como Davor Zuker (hoy presidente de la Federación Croata de Fútbol) en el 98, para hacer lo que solamente Bélgica ante Japón había conseguido en la fase de eliminación directa: ganar un partido que había comenzado en desventaja.

El domingo, esta generación buscará bañarse en oro. Una final del mundo y Francia los espera. Suceda lo que suceda, hay un título que nadie podrá arrebatarle: el de ser la mejor de su historia.

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